Precariodistas

3 May

Un nuevo híbrido ha aparecido en el panorama laboral español. Es la conjunción entre la profesión de periodista y la precariedad laboral más básica.

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Gloria y Jana estudiaron juntas en una Universidad extranjera durante su año de Erasmus. Han sido amigas desde entonces y, después de unos años, han vuelto a coincidir en su ciudad natal, una pequeña capital de provincia donde a ojos de muchos hoy por hoy son unas privilegiadas. ¿Por qué? Es sencillo. Por un lado, han encontrado trabajo en una ciudad donde el mercado laboral es reducido y clientelista. Por otro, tienen un empleo “en lo suyo”. Ana también parece que ha tenido suerte, y del retorno del exilio londinense encontró un trabajo en Madrid.

Jana empezó a hacer prácticas durante el verano desde sus años de estudiante para un medio radiofónico muy importante a nivel nacional, en la emisora regional de su ciudad. Tras licenciarse, estudió un máster ligado a dicho medio en Madrid. Su dedicación, su voz y su pasión por la radio llevaron a la empresa a prometerla un puesto de redactora en su sede regional al acabar el último verano de prácticas. Ella se había licenciado hacía ya años.

La palabra promesa tiene casi siempre una connotación positiva, un halo de romanticismo que la rodea; y si lo que se promete es un trabajo, la promesa se ve como una esperanza, un chorro de aire nuevo que puede cambiar nuestras vidas. Sin embargo, esta no traía tan buenas noticias. Tras un expediente de regulación de empleo a nivel nacional unos meses atrás, ya no pueden contratar en plantilla a más personas. Pero hay otros caminos para la contratación.

Jana trabaja de lunes a viernes, por la mañana y por la tarde, en un turno partido con dos horas para comer al mediodía. Es la única de la emisora que trabaja todas las tardes de la semana, y en pocos meses tuvo que aprender también a controlar la mesa de sonido para que el técnico encargado pudiera librar. Si no aprendía, vendría otro más espabilado. Es algo que le dejaron claro desde el primer día.

A cambio, la empresa la contrata como autónoma (por aquello del ERE). Esto significa que Jana paga mensualmente la cuota de autónomos, que son 60 euros en un programa especial reducido para menores de 30 años. Pero también debe de pagar otras cuotas, como el IRPF trimestral. El último trimestre pagó 500 euros. Gana 700 al mes.

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Gloria había vivido en distintos lugares pero nunca había encontrado un empleo estable, o quizá tampoco lo buscaba. El caso es que después de un año sin empleo, con la maleta hecha para irse a la capital en busca de una jornada parcial con los fines de semana libres, su teléfono sonó un viernes por la mañana. Un pequeño diario digital necesitaba una periodista para trabajar los fines de semana. Ese mismo día acudió a la entrevista y unas horas después respondió afirmativamente a la pregunta “¿Quieres trabajar con nosotros?”.

Su contrato es uno de los introducidos por la célebre reforma laboral de 2012: el “contrato por tiempo indefinido de apoyo a los emprendedores”, sólo aplicable si la tasa de desempleo es superior al 15% y en empresas que cuenten con menos de 50 trabajadores.

A través de esta nueva modalidad de contrato para emprendedores, Gloria firma una media jornada de 20 horas semanales. El saldo neto es menor a 400 euros. Por supuesto, el pluriempleo es una obligación. Otra opción es permanecer en el hogar familiar con casi 30 años. Vamos perfilando el significado de “emprendedor”. Hay que serlo para vivir en estas condiciones.

Además, este peculiar y novedoso contrato para emprendedores está regulado por una cláusula que establece que el período de pruebas “será de 12 meses en todo caso”. Doce meses. Un año de prueba con todo lo que ello implica, entre otras cosas, el despido gratuito. Aunque a día de hoy es lo que tienen los contratos indefinidos, que lo único que tienen de fijo es que la fecha de fin es indefinida.

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Según terminó la carrera Ana se fue a Londres y allí trabajaba en la tienda del Hard Rock Café de la capital inglesa. Allí vivía bien, pero sabía que no quería aquello por demasiado tiempo.

Volvió a España después de dos años y los primeros días de euforia con la vuelta al hogar empezaron a convertirse en la angustia de quien ha vuelto a vivir con sus padres, a una ciudad pequeña de Castilla, y no encuentra trabajo en ningún sitio. Un día, decidió que la solución estaba en un trabajo de oficina en una ciudad grande. Y comenzó la búsqueda.

A día de hoy lleva algo más de un mes en Madrid trabajando en una destacada consultora de recursos humanos, en el área de marketing y comunicación corporativa. Para poder vivir con su novio, que trabaja en Ávila, se han alquilado un piso en Collado Villalba. Desde allí parte cada mañana a las 8 para entrar a las 9 a una oficina en la Castellana. Allí tiene que comer un ‘tupper’ que prepara la noche anterior, ya que las escasas dos horas que tiene para descansar no la alcanzan para volver a casa. Después, sigue trabajando oficialmente hasta las 19:30, aunque la realidad es que nunca sale antes de las 20:00. Coge un tren y vuelve a Villalba.

Cuando llega a su casa hace más de 12 horas que ha salido, y su trabajo no la llena en exceso. Cobra 600 euros porque en la consultora donde está casi todos empiezan con un contrato de prácticas. El que tiene suerte, se queda. O quizá tenga suerte el que se va.

Ni Gloria, ni Ana, ni Jana, si sus únicos ingresos fueran los de estos trabajos, podrían permitirse alquilar un piso por su cuenta y satisfacer esa mala costumbre de comer tres veces al día. Qué decir de sostener los gastos que, por ejemplo, un hijo supone  (en el caso en que se plantearan la remota idea de traer uno al mundo). Sin embargo, figuran entre los datos de la creación de empleo en el último semestre de 2015. Esos ‘repuntes’ de los que en los próximos meses muchos se regocijarán sin cuestionarse la calidad de los puestos de empleo “creados” desde sus sillones. De gobierno o de oposición. Azules, rojos, o morados.

Profesiones y oficios que quedaron en el olvido

14 Mar

Mientras nacen nuevas ocupaciones fruto de la imaginación de los desempleados o a la luz del consumismo y las nuevas tecnologías, muchas maneras de ganarse la vida que fueron emblemáticas en nuestra región se han perdido o están en vías de extinción.

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La crisis económica iniciada en 2008 provocó que el desempleo se disparara entre “los jóvenes más preparados de nuestra historia”, al mismo tiempo que empresas tanto públicas como privadas procedían a los expedientes de regulación de empleo, recortes de personal, jubilaciones anticipadas, cierres, concursos de acreedores.

Casi una década en crisis – económica, financiera, existencial – ha propiciado que en la actualidad, ya acostumbrados a saber que “los pobres mileuristas” pasaron a ser pobres privilegiados, y asumiendo que las nuevas generaciones vivirán con menos derechos y poder adquisitivo que sus ascendientes, la gente se busca la vida como puede.

El ingenio de quienes necesitan un empleo, la necesidad de quien vive sumido en la precariedad laboral, las nuevas formas de vida y consumo y el desarrollo de nuevas tecnologías han sido factores determinantes en el nacimiento de nuevas profesiones y oficios. ¿Sabían en los 80 qué era un ‘community manager’, un ‘wedding planner’ o un desarrollador de apps?

Pero también quedaron en el pasado muchos oficios y profesiones. Actividades con las que muchas personas se ganaban la vida que ya no existen o se encuentran en peligro de extinción. Los acelerados cambios en la sociedad española del siglo XXI, inevitablemente integrada en la ola del progreso, han enterrado en el olvido profesiones y oficios que hace no tantos años eran esenciales, y que han sido sustituidos por máquinas o se han convertido en innecesarias por las nuevas formas de consumo.

Los acelerados cambios en la sociedad española del siglo XXI, inevitablemente integrada en la ola del progreso, han enterrado en el olvido profesiones y oficios que hace no tantos años eran esenciales

Uno de los oficios más emblemáticos de muchos barrios de España, especialmente confinado en el espacio urbano, fue el sereno. Normalmente varón, fue durante décadas elencargado de vigilar las calles durante la noche y en muchos casos de encender las farolas de gas cuando caía la noche. En muchos lugares poseía las llaves de todos los portales, que abría a todo aquel que lo necesitara durante la noche.

El oficio de sereno, que también existió en algunos lugares de Latinoamérica, se fue perdiendo con la paulatina llegada del sistema de alumbrado público y los porteros automáticos.

Cuando la radio y la televisión aún no habían entrado en las casas de muchos cántabros, sobremanera en el entorno rural, el pregonero llegaba con noticias frescas. El sonido de la corneta de este personaje reunía a los vecinos y vecinas para informarles de los últimos acontecimientos en otras poblaciones o de novedades del propio pueblo. Su origen se remonta a tiempos del Imperio Romano, y durante siglos fue el medio de comunicación y publicidad más eficiente, pero la consolidación de los medios de comunicación de masas provocó su desaparición a lo largo del siglo XX.

Otras figuras que aparecían como indispensables en la comunicación y el transporte del siglo pasado eran los recaderos. Una profesión ejercida tanto por hombres como por mujeres que se dedicaban a llevar mercancías de un lugar a otro ya fuera en carro, bicicleta o a pie. Había grandes negocios que disponían de un recadero exclusivo. Otros más pequeños tenían un recadero en común, o recurrían a recaderos que sin estar asociados a ningún negocio en particular, se movían siempre entre las mismas poblaciones.

La llegada del teléfono y los transportes públicos más avanzados, la extensión de correos o la popularidad de las compañías de envío, así como el abaratamiento de costes en el transporte, relegaron a este oficio al olvido. En la actualidad, la mayoría de bienes pueden comprarse a través de Internet y en unos días recibirlos en la puerta de casa.

De una forma similar fueron desapareciendo los vendedores ambulantes. La venta ambulante fue un oficio tanto de hombres como de mujeres. De hecho, las areneras o  las lecheras estuvieron entre las vendedoras más populares. Unos y otros solían viajar por las distintas localidades en carros llenos de cacharrería, productos comestibles o de limpieza, todo tipo de objetos que se puedan imaginar.

El éxodo rural hacia núcleos urbanos llenos de comercios, y la posterior generalización de supermercados y grandes superficies especializadas dejaron atrás la imagen de estos vendedores y vendedoras.

En lo que respecta al panorama urbano y muy cercano a la venta ambulante, una figura emblemática era el barquillero, que vendía barquillos y transportaba su mercancía en cestas, siempre acompañado de una ruleta en la que los compradores podían probar suerte. Éstos hacían girar la ruleta, y el que obtuviese el número menor, era el encargado de pagar los barquillos de todos los compradores. Esta profesión estuvo extendida a lo largo del siglo XIX y se mantuvo a principios del XX, siendo uno de los últimos y más destacados en nuestra región el barquillero que tenía su negocio en los Jardines de Pereda de Santander. En los últimos años ha habido intentos de recuperación en Madrid, pero no han tenido demasiado éxito.

Sin duda los oficios más perjudicados por las nuevas tecnologías y la globalización económica han sido aquellos relacionados con la artesanía, la creación manual.

Los oficios más perjudicados por las nuevas tecnologías y la globalización económica han sido aquellos relacionados con la artesanía, la creación manual

Un claro ejemplo es la figura del herrero, aquella persona que con su forja, yunque y martillos elaboraba objetos de metal, comúnmente de hierro o acero: herramientas, campanas, armas y artículos de cocina, objetos decorativos e incluso esculturas. Con la llegada de la revolución industrial, el herrero pasó de tener presencia en todos los pueblos a convertirse en una profesión prácticamente desaparecida en los países más desarrollados.

Curiosa y menos conocida figura fue la del colchonero. Hasta la llegada de los colchones de materiales sintéticos, los más comunes en las casas eran los de lana. Este material se apelmazaba con el paso del tiempo, y era necesario llevar el colchón al colchonero. El profesional vareaba la lana para desapelmazarla y dejar el colchón mullido como el primer día.

Oficios en vías de extinción

Incluso aquéllos que nacieron ya en el final del siglo XX recuerdan cómo sonaba la llegada del afilador: aquellos señores, tradicionalmente llegados desde tierras galegas, recorrían las calles de pueblos y ciudades con su bicicleta con la máquina de afilar incorporada en la parte trasera, haciendo sonar una especie de armónica y anunciando su llegada a voz en grito: “Eeeeeel afiladooooor”. Los vecinos y vecinas se acercaban son sus cuchillos y tijeras, pero también muchos afiladores tenían conocimientos en la reparación de paraguas y lo mismo afilaban una navaja que reponían una varilla.

A mediados del siglo XX, los afiladores se empezaron a asentar en locales de grandes ciudades, siendo cada vez menos los que viajaban de pueblo en pueblo. Con la consolidación del sistema capitalista basado en el consumo, el oficio se fue perdiendo en beneficio de una cultura de usar y tirar en la que no tiene cabida el afilar los instrumentos de corte ni reparar un paraguas.  A pesar de que aún pervive algún profesional del afile, es un oficio en vías de extinción.

Hoy no sólo se pierden puestos de trabajo. También desaparecen oficios completos

Aún el siglo XXI ha conocido locales de barberos llenos de espejos con grandes sillones y el regente cortando cabelleras y barbas con una tradicional navaja. Hoy cada vez quedan menos, aunque las últimas modas estéticas han propiciado la apertura de salones muy vanguardistas en algunas grandes ciudades.

Sin embargo, los antiguos barberos no sólo se dedicaban a la peluquería. Remontándonos siglos atrás, cuando los dentistas no existían, los barberos también eran los encargados de ocuparse de la dentadura de sus clientes, e incluso hacían las labores de médicos de la época, tales como vendar úlceras o hacer sangrías. Con la aparición de médicos y dentistas especializados, los barberos se vieron relegados a la barba y pelo de los hombres.

Otro oficio casi extinto es el de limpiabotas. Se trata de personas que trabajan en las calles, encargados de limpiar y lustrar el calzado de sus clientes, generalmente hombres. Se trata de un oficio perdido con el cambio de costumbres.

Hoy no sólo se pierden puestos de trabajo. También desaparecen oficios completos. Pero, quién sabe, quizá el ingenio popular y la necesidad de ‘reinventarse’ lleven a algunos a retomar profesiones perdidas.

*Artículo publicado originalmente en eldiariocantabria.es

El verano que pasamos recogiendo chapas

7 Feb

Recuerdo un verano en el que pasábamos el día recogiendo las chapas de las latas de cerveza y refresco y rellenábamos con ellas botellas de Coca Cola de dos litros.

tiradores de latas de refresco

Corrían por Madrid distinto bulos en aquellos calurosos meses de 2012: unos decían que el chatarrero de Embajadores pagaba 50 euros por botella; otros indicaban que en realidad el lugar al que había que llevarlas era el Carrefour, y que la cifra era mayor; había quien aseguraba que la respuesta estaba en un chico de Lavapiés que llevaba las chapas a la agencia de publicidad donde hacía prácticas (?). Un día, vi a una vecina quitando la arandela de las latas, y cuando le pregunté me dijo que ella las recogía porque le habían contado que en El Corte Inglés, llevando una botella llena de chapas, daban una bici para los niños. Quería una para su nieto, que por cierto la acompañaba de paseo por el barrio mientras la abuela reunía los preciados trozos de aluminio.

Vi grupos de personas equipados con mochilas en Malasaña esperando a que la policía desalojara las plazas a medianoche para recoger todas las chapas antes de que lo hicieran los servicios municipales de limpieza. Vi señores mayores desmontando papeleras en la plaza de Lavapiés para sacar las latas.

Aquello no podía ser una leyenda urbana. Era serio, la gente se estaba organizando, y las versiones eran cada vez más suculentas -creo que los rumores llegaron hasta los 200 euros por botella-. Comenzábamos a plantearnos el negocio: “Con un par de botellas que recoja a la semana… ya tengo una ayudita al mes”. ¿Y qué cuesta reunir chapas mientras estás tomando algo por ahí, en una manifestación, o de paseo en el parque?

Entre los que recolectábamos el aluminio había una relación curiosa, una extraña mezcla de complicidad, competitividad y recelo. Todos sabíamos lo que hacíamos y buscábamos una respuesta al lugar donde teníamos que llevarlas, intercambiábamos las informaciones que teníamos:

  •  ¿50 euros? No, no, a mí me dijeron que por dos botellas llenas te pagan 120.
  • Por lo visto hay una planta de reciclaje en un polígono cerca de Guadalajara.

Gargantillas-con-anillas-de-latas-2Otras veces, cuando alguien preguntaba para qué recogía las chapas, mentí diciendo que hacía collares y pulseras con ellas.  No quería más competidores en el negocio y, en el fondo, todos sabíamos que alguien tenía que saberlo. Entre aquellas decenas de personas alguien tenía que estar ya sacando provecho.

Una de las versiones aseguraba que el chatarrero de Embajadores, que regenta su negocio en la esquina en la que se cruzan la calle Amparo y Ronda de Valencia (ése y no otro) daba 50 euros por cada botella de Coca Cola de dos litros llena de anillas.  Cuando especificaban que era necesario rellenar botellas grandes de ese refresco, ¿se referían a que eran necesarios dos kilos? ¿O quizá la botella de refresco era un requisito indispensable? Más misterios.

El caso es que, después de descartar la versión del Carrefour, ya que en aquella época yo misma trabajaba en el supermercado, acudí al chatarrero de Embajadores. Un caluroso mediodía de julio pasé por delante del local como lo hacía cada día para ir y volver de mi casa, pero aquel día esbocé una sonrisa y me dije “vamos allá”.

  • Hola buenos días, quería hacerle una pregunta. Me han dicho que puedo traer aquí las chapas de latas que recojo. Que el kilo sale a unos 50 euros.

El hombre, de mediana edad, enfundado en un buzo azul que solo tenía puesto hasta la altura de la cintura y un jersey granate, no parecía muy sorprendido. Me miró de arriba a abajo y pronunció una frase de cuyo tono se desprendía que no era la primera “emprendedora del aluminio” que pasaba por allí:

  • Mira hija, yo no compro chapas y no creo que en ningún otro sitio lo hagan. No se de dónde se han sacado eso. Y no, no sé dónde las lleva la gente ni dónde se pueden llevar.

Entre decepcionada y avergonzada, salí por el pasillo que conducía a la puerta, rodeado de grandes piezas de chapa, electrodomésticos, barras y cables de cobre que me recordaban aún más lo absurdo de haber llegado a pensar que no era descabellado que el chatarrero me comprara aquellas chapas.

Este fue el momento en el que mi ilusión comenzó a desvanecerse y muchas noches salí y ni siquiera recogí una chapa. Después de que algunos amigos y amigas me convencieran de que todo aquello era un bulo, y de que mis compañeras de piso acabasen hartas de cocinar, leer, mear, en fin vivir entre chapas, desistí en mi empresa.

A los pocos días, bebía una cerveza en la plaza de Cascorro, eran las fiestas de San Cayetano y había un concierto. Junto a mí, un chico comenzó a quitar las chapas de las latas vacías que había en el basurero donde apoyábamos nuestras consumiciones. Inevitablemente le pregunté qué hacía con ellas, a dónde las llevaba, qué le daban, en el último intento desesperado por enterarme del lugar donde se regalaban bicis, dinero e incluso vales de tienda a cambio de dos kilos de chapas. Su respuesta me dejó aún más inquieta: “Lo siento pero ya somos unos cuantos y no te lo puedo decir; yo estoy en paro y si se entera todo el mundo…”

¡Oh, no! Lo que me esperaba: un reducido grupo de personas lo sabía y no estaba dispuesto a revelar el secreto tan fácilmente. Aquello me hundió y nunca más volví a rellenar la botella. No sabía qué pensar: ¿nos la habían colado o era cierto? Había pasado horas separando las chapas de las latas en un repetitivo movimiento de muñeca para que por desgaste se partieran, ¿para nada?correranilla

Por cierto, después de semanas recogiendo anillas (con ayuda: muchos amigos las guardaban y me las daban), sólo conseguí llenar una botella entera y un poco de otra. El negocio que habíamos imaginado en realidad no era tan rentable.

El verano se fue acabando pero las chapas estaban ahí. Pasaron meses hasta que fueron desapareciendo del piso. Mientras tanto, busqué todo tipo de alternativas para utilizarlas, e Internet me dio algunas ideas: con las arandelas se pueden hacer bolsos, collares, pulseras, cortinas, lámparas, posa vasos… Me consolé pensando que aún podía darles una utilidad, que el tiempo y la ilusión invertidos no iban a ser en vano, pero la realidad es que nunca hice ni un triste anillo con ellas. Y lo peor: nunca llegué a saber si aquello era verdad o mentira.

Algunos ya hablaron del negocio como una clara leyenda urbana: http://trastoteca.blogspot.com.es/2013/08/leyendas-urbanas-i-las-anillas-de-las.html

Otros aseguran que ellos las vendieron y facilitan links donde aparece el lugar de venta (no he intentado entrar porque aprecio la salud de mi ordenador): http://mundochaspas.blogspot.com.es/2014/05/vende-las-anillas-de-tus-latas.html

Hay quien nunca encontró el punto de venta y las ofertó en Milanuncios: http://www.milanuncios.com/anuncios/anillas-latas.htm?pagina=2

También les hay que promocionan el negocio y “dan a entender” dónde pueden venderse las anillas xD: http://notengocurro.blogspot.com.es/2013/07/las-anillas-de-las-latas.html

Por último, varias páginas ofrecen ideas para la creatividad con anillas (no se si a raíz del bulo, o porque se aburrieron del macramé): http://manualidades.facilisimo.com/manualidades-con-anillas-de-latas

Empresarias sin escrúpulos: los achaques de la crisis y el miedo que sustenta empresas

22 Jul

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Una tarde de 2013 la tía de Carlota le enseñó un recorte de periódico que tenía guardado para ella. Se trataba de una oferta de trabajo en la sección de anuncios de un diario local, algo que le llamó la atención, pues un anuncio de trabajo en la prensa escrita parece hoy una pieza de la antigüedad. Pero era interesante para una licenciada en Historia, con máster en Patrimonio Cultural y cuatro idiomas. Se trataba de un puesto como asistente de dirección en una productora de espectáculos que se dedica a vender obras de teatro, óperas, ballets, y demás eventos culturales a consistorios y otras entidades públicas y privadas.

Después de pasar el primer filtro de la selección, le pidieron fotos y la redacción de tres textos en español, inglés e italiano sobre ciertas preguntas relacionadas con el trabajo y con su vida personal. Tras estas pruebas pasó algo muy frecuente en la mayor parte de los procesos de selección: le dijeron que obtendría una respuesta en una semana, pero después de quince días de espera fue ella quien tuvo que llamar. La citaron para la primera entrevista con una futura compañera y un señor que actuaba como directivo, del que luego supo que sólo era el marido de la directora y que no trabajaba allí. Fue seleccionada y citada de nuevo.

No le pareció muy serio que su jefa apareciera una hora y media tarde a la entrevista final. Una estrafalaria rubia rondando la sesentena la recibió en su despacho y le explicó que, contratada como asistente de gira, tendría que gestionar su agenda; crear el contenido de catálogos y folletos, la página web y otros documentos, como los currículums de los artistas; así como asistirle en los viajes por España presentando los espectáculos. Todo esto en un horario partido de seis horas, excepto los periodos de gira en los que, si quedaban contentos, le pagarían un plus que nunca llegó. El salario, unos 750 netos. Recién llegada de una experiencia en Canadá, Carlota no tenía una oferta mejor en su ciudad natal de poco más de 150.000 habitantes, así que aceptó sin pensarlo.

Los primeros días todo era normal: hacía traducciones, leía sobre ópera o teatro para documentarse y crear las presentaciones y folletos, conseguía reuniones con posibles clientes. Cobraba a final de mes y no tenía que madrugar. Pero pronto el olor a chamusquina empezó a florecer. La rubia estrafalaria casi nunca pasaba por la oficina, y dictaba sus quehaceres por medio de correos electrónicos escritos con abreviaturas y faltas de ortografía. Si no se entendía alguna de sus órdenes (que podían ir desde redactar un documento hasta hacerle un recado personal), la respuesta podía ser un “¿Qué sois idiotas?” sin más contemplaciones. Por suerte, su contrato finalizaba al año y tenía claro que no lo iba a renovar.

Cuando terminó de trabajar, Carlota se fue de viaje por Latinoamérica y a su regreso parecía que todo volvía a repetirse en bucle: regresaba de nuevo a su pequeña ciudad natal, sin nada, en medio de la situación laboral general. Nunca antes había pensado en volver a la productora, pero su ex jefa necesitaba a alguien por dos meses y sabía que era un trabajo fácil, cómodo y en el fondo interesante para ella. Esta vez todo había ido a peor. En las giras, Carlota convivía y trabajaba 24 horas con su jefa, que le hablaba de su vida sexual durante el desayuno o la llevaba a comprar regalos para su amante en los ratos libres. Así, se veía obligada a vivir situaciones realmente incómodas o a realizar tareas que nada tenían que ver con su trabajo: “He llegado a conducir una furgoneta de alquiler desde Santander a Madrid para recoger a un cantante en el aeropuerto y volver. Todo en el mismo día”.  Por si fuera poco, todas las trabajadoras llevaban sin cobrar tres meses, así que cuando la directora quiso renovar su contrato, Carlota rechazó la oferta.

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La rubia estrafalaria parece capaz de todo por mantener su negocio. Ya no sólo de cara a sus trabajadoras. En una ocasión y viendo el panorama en España, donde muchos ayuntamientos ya no le pueden pagar 16.000 euros de dinero público por un espectáculo para sus fiestas, decidió que los Emiratos Árabes podían ser un buen mercado al que apuntar. En concreto se propuso Omán. Se presentó en la embajada en España, donde nadie la recibió, e intentó ponerse en contacto con diferentes personas que pudieran tener algún tipo de poder allí. Pero no tuvo suerte en su empresa, así que le pidió a Carlota que preparara una serie de dosieres para ofrecer las actuaciones de algunos extriunfitos y otros cantantes españoles sonando con fuerza en la época, con la esperanza de llamar la atención entre las instituciones culturales del emirato. Hacía mucho que Carlota había dejado de firmar documentos y correos electrónicos con su nombre, y lo hacía simplemente con el de la productora. Este no debía ser el primer encargo de dudosa ética y legalidad que tuvo que llevar a cabo. Finalmente el salto a Oriente Medio fue fallido, y debió seguir su ruta por los ayuntamientos castellanos. No sabemos qué hubiera hecho si los omaníes se hubieran interesado por tener a Pablo Alborán en concierto…

Los años anteriores a la crisis fueron buenos. Por lo que los compañeros le comentaban a Carlota, cada gira reportaba unas ganancias de unos 80.000 euros y todos cobraban a tiempo. Pero a partir de 2008 estas condiciones fueron cambiando para todos. O para casi todos. Los trabajadores, con acceso a las facturas y nóminas de la empresa, veían como la hipoteca, las letras del coche o los gastos con la tarjeta de El Corte Inglés de la directora se cargaban en la cuenta, pero sus sueldos no acababan de ser ingresados. Es un detalle sin importancia, pero también eran visibles sus recurrentes operaciones estéticas.

Carlota llegó cuando esa realidad y la resignación ya se habían instalado. ¿Volverías a trabajar allí?, le pregunto. – No. Y tus compañeros, ¿qué piensan? ¿por qué no se niegan a hacer ciertas cosas? – Si te niegas es peor. Primero, te puede echar. Pero además se pone a gritar y por no aguantarla… La realidad es que mis compañeros tienen hijos, hipotecas, responsabilidades. Y ella juega con eso, ¿qué van a hacer?

El miedo sostuvo imperios, e injusticias históricas. Parece que también sustenta empresas.

*Las ilustraciones son de John Holcroft

Las vueltas que da la vida

14 Jul

Hace ya dos años desmontábamos los mitos sobre el exilio laboral. Hoy hacemos balance de las aventuras de Ana y Lara, quienes compartieron sus historias con nosotros entonces.

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Cuatro años después de mudarse a Londres, Lara habla sobre su llegada a la capital inglesa y le parece que fue ayer. Aterrizó en la City huyendo de la situación en España, justo después de terminar la carrera de periodismo. Tras su primer trabajo precario en el McDonalds, con el que no le daba ni para pagar el alquiler, pasó por un par de casas como nanny hasta que encontró a la familia con la que trabaja actualmente. Nunca le había llamado la atención cuidar niños, pero no se lo pensó dos veces cuando vio que era fácil y le permitía pagar las 120 libras que costaba a la semana la primera habitación que compartió.

Lloró mucho en el hostel donde pasó sus primeros días. “Tú llegas y encuentras un trabajo”, le dijeron. Puede que tuviera mala suerte, o que influyera el hecho de que no tenía ni idea de inglés, lo cierto es que aterrizó en la capital británica un 16 de noviembre y firmó su primer contrato un 16 de enero. “Llegué con 1.000 libras metidas en una especie de faltriquera que me había hecho mi madre. A los 15 días no tenía nada. Durante los primeros meses mis padres tuvieron que seguir ayudándome económicamente”.

Ha cogido mucho cariño a la familia hispano-holandesa con la que trabaja, pero quiere volver a España. No tiene fecha de vuelta pero hace tiempo que lo tiene en mente. Está a gusto, tiene suficiente para comer, pagar el alquiler y hacer algún viaje de vez en cuando, pero a veces piensa dónde se ve en unos años, y no es cuidando niños. Además, hay un factor emocional: “La gente viene con la idea de ganar un dinero, vivir la experiencia, aprender el idioma. Esos meses se convierten en años y, casi sin darte cuenta, has hecho una vida. Aquí tus amigos y tu familia son los mismos. Y cuando se van y tu te quedas…” Ya no tiene ganas de volver a empezar: lo ha hecho muchas veces en cuatro años. En el último año estudió un curso de español para extranjeros en el Instituto Cervantes y quiere seguir esa trayectoria, pero también tiene dudas sobre el regreso. Siempre ha vivido en España, y cada vez que viene de visita lo hace muy contenta, pero a veces se siente fuera de lugar y cuando está de vuelta en Londres piensa “qué bien, ya en casa”.

La crisis no influyó en la decisión de emigrar de Ana. Siempre había querido vivir fuera, así que no dudó en hacer la maleta y dejar España después de licenciarse en periodismo. Tenía amigos en Londres de la primera oleada de españoles que llegaron solos sin hablar inglés, y para ella fue fácil: “No sufrí el drama inicial de llegar, no entender el idioma, no encontrar trabajo y andar justa de dinero: me acogieron en su casa y me ayudaron a buscar trabajo”. A los quince días de su llegada ya vendía souvenirs en el Hard Rock Café, donde continúa un año y medio después. Tuvo suerte porque mayo, la época en la que llegó, es buena para buscar trabajo, pero aún así cree que es fácil encontrar rápido un “trabajo de mierda” que alcance para vivir.

La multinacional americana en la que trabaja no es distinta al resto en cuanto a las condiciones laborales: si te pones malo, no cobras; se trabajan fines de semana, o días como Nochebuena y Nochevieja sin cobrar ni una libra más. Pero da para vivir. Ana tiene un contrato de 16 horas semanales, pero normalmente trabaja entre 35 y 40. De esta manera la empresa “le hace un favor” en verano, cuando hay necesidad de trabajadores, pagándole horas de más. Y cuando llegue enero y no haya trabajo, la mandará a su casa. ¿No te da para vivir trabajando dos días? Mala suerte, tu contrato es de 16 horas. “En verano, trabajas más de 40 horas, puedes llegar a hacer 45 y no pasa nada. Pero luego cuando no les interesa porque no hay clientes, se ciñen al contrato.” En el Hard Rock Café los trabajadores son en su mayoría españoles e italianos. Un año llegó el verano y contrataron a algunos trabajadores ingleses. Todos abandonaron a los pocos días. El resto, españoles, italianos y una argentina, acataron las condiciones y el ritmo de trabajo porque lo necesitaban. A la necesidad se une el hecho de que los extranjeros muchas veces no tienen acceso a otros puestos a los que sí aspiran los nacionales. Uno también es libre de coger la puerta e irse, no les va a preocupar: en el Hard Rock de Londres se recogen una media de cinco currículums diarios.

Ana quiere volver. Pero de momento, con la situación que hay en España, no se lo plantea. En Londres tiene un trabajo y vive con su novio al que conoció en el exilio (fue una de las personas que la acogió). En España nadie le garantiza nada de eso. “Eso es lo que valoro, que aquí tengo una vida independiente. Pero claro que me gustaría volver, yo no me veo aquí en un futuro a largo plazo. Londres es un sitio en el que se vive bien si tienes mucho dinero”. Ella también ha sufrido las despedidas, en un año y medio ha visto irse a mucha gente.

¿Qué quieres ser de mayor? Ninguna de las dos lo sabe, sólo tienen claro que no quieren vivir esclavizadas bajo condiciones laborales infames. No piden demasiado. Lara quiere vivir y disfrutar, aunque tenga que hacerlo con menos dinero. Ana quiere tener los fines de semana libres. “El año pasado curré en Nochebuena, y este año trabajé en Nochevieja y me comí las uvas en un autobús volviendo a casa, y pensaba: ¿qué he hecho yo mal para merecer esto?”.

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Ambas están de acuerdo en que emigrar les ha dado muchas cosas buenas. La principal es que han sido testigos de la solidaridad entre los migrantes: todo es pasajero, nadie llega con intención de quedarse ni sabe dónde estará el día de mañana, pero la gente de fuera se une y se ayuda mutuamente. Además, no es fácil hacer amigos ingleses, entre otras cosas porque los nacionales con su misma formación encuentran trabajos cualificados, así que no suelen coincidir. Por otro lado, creen que un español con estudios y manejo del inglés también puede encontrarlo si se lo propone. Se trata además de un país en el que cambiar de trabajo es algo frecuente. No todo el mundo consigue un buen trabajo y se queda toda la vida; hay mucha movilidad laboral y otra mentalidad en ese sentido.

Hoy, apenas cuatro meses después de estas conversaciones, las cosas han cambiado. Lara puso fecha a su regreso poco después de que habláramos. Decidió que quería hacer un máster en enseñanza de español para extranjeros y volar de nuevo después con un objetivo. Sin embargo, no estuvo entre los admitidos y ha decidido hacerlo online y quedarse, ya que por el momento su vida en Londres es mucho mejor de lo que puede imaginar aquí. Ana vuelve en un mes. Su novio, cuyo sueño es vivir en el medio rural, está cansado de Londres. Y a ella no le emociona otro verano vendiendo camisetas del Hard Rock Café. Las vueltas que da la vida.

Dos años después, me viene a la cabeza de nuevo una conversación con un taxista en Buenos Aires, con quien hablaba sobre las personas que habían emigrado hacia Europa después del corralito, que ante la crisis querían volver, como aquella canción de Gardel. En un momento de la conversación el sabio taxista me dijo con su acento porteño: “Mirá, yo siempre lo dije, que para estar mal, solo y en un lugar desconocido, prefiero estar recagado en mi casa con los míos”. Como todo, opiniones hay para todos los gustos.

De África al desempleo

6 Jul

Un grupo de amigos toma unas cañas en la terraza de un bar. Hablan entre risas. Sólo se perciben partes de su conversación: – Laura y yo nos conocimos en Tanzania, estábamos en el mismo proyecto – dice Patricia. Antonio les cuenta los diversos alojamientos por los que pasó en sus meses en Etiopía. Es marzo de 2015 y se han reunido para reencontrarse después de un tiempo, y qué mejor ocasión que hacerlo en la semana del Festival de Cine Africano de Córdoba. Escuchándoles, uno puede pensar que los tres vienen de sus respectivos trabajos en Tanzania y Etiopía para pasar unos días en su país. Nada más lejos de la realidad. Todo aquello fue temporal y con un solo billete de vuelta: de África al desempleo.

Estoy sentada con ellos en la terraza. Laura es nuestro nexo de unión. También es periodista y nos conocimos cuando estudiábamos un máster en Relaciones Internacionales y Estudios Africanos. De ahí salimos con una cosa clara: después de estudiar el continente, queríamos conocerlo. Y vivirlo. Ella enseguida pudo hacerlo, y empezó por un voluntariado de tres meses en Camerún. La experiencia le gustó, así que hizo un curso de experto en cooperación a través del que consiguió unas prácticas en terreno, en un proyecto de alfabetización rural. La suerte estaba de su parte y el proyecto al que se unió durante tres meses estaba en Moshi, una ciudad a los pies de la montaña más alta de África. Así que también cumplió uno de los sueños de su vida: ver el Kilimanjaro.

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Cuando regresó de Tanzania tenía muy claro que en lo referente a lo laboral sería fácil, incluso llegó a pensar que podría empezar a elegir tanto el sector como el destino de su trabajo después de su preparación y sus experiencias. Entonces se centró en la búsqueda de proyectos en países africanos y en su Córdoba natal. El tiempo pasaba y su teléfono no sonaba, así que comenzó a buscar su hueco en otras zonas del mundo, desde Sudamérica al Sudeste Asiático. Sabía lo que quería hacer. No le importaba dónde.

Las semanas pasaban y el trabajo de buscar trabajo no está remunerado. Volver a casa de sus padres era duro, pero tener que pedir dinero para tomar una cerveza o comprarse unas bragas lo era aún más. Así que un día decidió actualizar su perfil en el ya famoso (y parece que casi hasta obsoleto) Infojobs e inscribirse a todas y cada una de las ofertas de trabajo en Córdoba capital, en las que camarera, comercial o azafata eran los términos más repetidos. Su nuevo objetivo era conseguir un puesto a seis euros la hora.

En la primera entrevista, la simpática responsable de selección le espetó que no se creyese especial “por tener tanto título y hablar siete idiomas” mientras le explicaba que cobraría a comisión vendiendo perritos en el estadio del Córdoba CF, paseando las gradas disfrazada. “Ese día sentí rabia, indignación; mi sentido, mi misión, mi ilusión y mi autoestima se desvanecían para no volver. Nada mejor podía estar esperándome y mis sueños parecían eso, sólo sueños, inalcanzables”.

Las siguientes entrevistas no fueron más esperanzadoras. Un salón de juegos ofrecía 500 euros mensuales por 30 horas semanales en turno partido. Por la mañana, sirviendo desayunos; por la tarde, en las máquinas, atendiendo a los jugadores y velando por la integridad económica de la empresa. Durante la entrevista, otro gran ser de esos que se dedican al reclutamiento le advirtió que necesitaría “mucha mano izquierda, porque cuando pierden se ponen violentos o intentan engañarte”. Laura se planteó si sería capaz de defender los derechos de una empresa que se enriquece con el sueldo, el alquiler, o la comida del mes que las personas pierden. Y decidió que no. Pero rápidamente tuvo la oportunidad de hacer una prueba como camarera para el espectáculo The Hole, en lo que define como “la entrevista más absurda hasta entonces”. Tras dos horas de cola en la calle, le hicieron una prueba para ver cómo manejaba la bandeja mientras los entrevistadores no paraban de mirar sus respectivos teléfonos móviles, y sólo levantaron la cabeza para preguntarle si era fumadora. Se fue sintiéndose bastante ridícula y humillada, después de escuchar que las horas extras no se pagaban, y que el puesto también suponía montar y desmontar el espectáculo. Los chollos de la recuperación económica.

¿Cómo ves tu futuro?, le pregunto. Me cuenta que ha elegido seguir buscando cómo ganarse la vida sin que su actividad le suponga un conflicto ético. Pero tiene claro que elige eso porque puede hacerlo: “Algunas personas me dicen “somos pobres pero dignas”. Si, pero no se trata sólo de dignidad. Tengo unos padres que me alimentan y me dan cobijo, y eso me posiciona donde otros no pueden estar. Llegará el momento en que deba aprovechar cualquier oportunidad por triste que parezca, y sé que cuando llegue ese momento me enfundaré cualquier disfraz para pasear gradas vendiendo perritos a comisión, o vigilaré máquinas de juegos para evitar que los clientes estafen y la empresa pierda dinero.” Por el momento, sigue buscando, y mientras limpia apartamentos vacacionales y cuida niños para costearse el día a día contando con el pan de sus padres. Uno de sus sueños debe esperar, pero el resto sigue vivo, y su lucha por ellos también.

Treintañeras que lo dejan todo

17 Oct

Lourdes creció escuchando aquel mantra de inicios de siglo: “si estudias una carrera y un máster y te esfuerzas podrás conseguir lo que te propongas”. Y lo siguió al pie de la letra: se licenció en Comunicación Audiovisual y realizó un máster en Creación Documental en la Complutense, y más tarde hizo un curso de documental social en Buenos Aires. En 2009 este esfuerzo dio su fruto. Una tarde estaba en su casa de Madrid cuando le ofrecieron su primer trabajo profesional: la coordinación de proyectos de comunicación en la oficina de voluntariado de la Universidad Católica del Uruguay, en Montevideo. Allí, en el desarrollo de un trabajo reconfortante y viviendo una experiencia inolvidable, pasó un año.

Cuando cruzó el charco de vuelta, estaba feliz de reencontrarse con su gente y con muchas ganas de seguir ese camino con todo lo aprendido, pero se topó de frente con LA crisis. Comenzaron interminables meses de envío de mails con pocas respuestas, aún menos ofertas de empleo, e intermitentes trabajos precarios. En medio de esta situación, sus ilusiones se fueron apagando y la cuenta bancaria se fue vaciando, así que Lourdes inició entonces la conocida fase del “trabajo de lo que sea”. Pero tampoco le fue fácil encontrar uno de esos.

Unos amigos le hablaron de un curso de informática con salidas laborales aseguradas. Resultó no ser una leyenda urbana y, después de hacer el curso y unas cuantas entrevistas, empezó a trabajar en la gestión informática de incidencias en cajeros de un gran banco español, un empleo para el que no se había formado anteriormente ni le gustaba, pero que aportaba el ansiado equilibrio de un sueldo y unas vacaciones. De todas maneras tenía claro que sería algo temporal, solo tenía que tener paciencia hasta que encontrara un empleo en “lo suyo”.

Tres años después, seguía en la misma oficina. Había pasado 1.095 días trabajando a turnos semanales de día, tarde y noche; frente a pantallas negras llenas de números y continuos desajustes del sueño. La contrapartida era un buen sueldo y un ambiente que le ayudaba a sobrellevar el trabajo. Pero una noche en la oficina se preguntó: “¿Qué hago con 30 años aquí sentada trabajando para un banco a las 5 de la mañana?”. Otra amiga se hizo una reflexión parecida en su trabajo, y no se lo pensaron dos veces: decidieron dejarlo todo y marcharse a una pequeña ciudad costera inglesa, donde tenían contactos que les podían echar una mano para encontrar un trabajo.

Hoy cumple dos semanas en Eastbourne, y su décimo día como camarera en un restaurante. No sabe cómo le irá, pero, como ella misma dice:

 “Es imposible traicionarte y engañarte a ti mismo. Tardarás más o menos, pero inevitablemente sigues tus sueños, tienes que intentarlo; da igual la incertidumbre, el riesgo, la presión de la sociedad, la incomprensión, lo que “dejas”. El mundo es muy grande, queda mucho camino. Casi nunca se sabe la meta, pero lo que nos espera en el trayecto, seguro que será maravilloso”.

De aquí en adelante, todos y todas podemos seguir su aventura a través del videoblog BlogLondon ¿Por qué no?